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Tras la experiencia del pasado año en que pudimos disfrutar del Rallye más duro del mundo por tierras Mauritanas, nos propusimos, en esta ocasión, llegar hasta el mismo lago rosa. Catorce personas en seis vehículos afrontamos este reto.
Embarcamos en Almería el día 1 de enero para enlazar con la carrera
en la primera etapa africana. El caos en la frontera marroquí era total,
coches bloqueados, colas interminables para sellar pasaportes y los buscavidas
haciendo su agosto, hasta 20 euros por pasaporte para agilizar los trámites.
Así que paciencia. Casi 5 horas nos llevó cruzar la dichosa frontera.
Tras el retraso acumulado nos fuimos directamente a las inmediaciones de Tissint,
final del tramo cronometrado y tomamos la misma pista de enlace que utilizaba
el Dakar hasta Errachidia. Pista complicada por el mal estado de la misma y
la gran cantidad de polvo, que de noche te obligaba a parar continuamente.
Pero
si complicada era para nosotros, peor fue para las motos, desgraciadamente
presenciamos dos caídas en este tramo, una sin mayores consecuencias y otra en la que
el piloto se fracturó la clavícula, diciendo adiós a la
prueba a tan solo dos kilómetros del asfalto y en la primera jornada
africana.
El día siguiente el rallye pasaría por el Erg Chebbi, así que
nos fuimos hacia allí para hacer noche y encontrarnos con Federico, Ruth
y Luis que están allí esperándonos. Debimos madrugar más.
Desde muy temprano miles de personas habían tomado las dunas, dejando
un pasillo por el que se suponía pasarían los participantes. Así lo
hicieron las motos generándose algún momento de peligro ante la
gran multitud de gente congregada. Los coches decidieron abrirse más y
evitar así pasar cerca de las personas allí reunidas. La verdad
es que ver a tanta gente siguiendo la prueba resultó curioso y espectacular.
Esa noche pasamos por el parque cerrado, ese inmenso taller que funciona durante
toda la noche, donde los mecánicos se dejan la piel para que los equipos
partan al día siguiente en las mejores condiciones posibles. Por supuesto
nada tienen que ver los montajes de los equipos grandes con varios camiones y
equipos de tres y cuatro mecánicos por coche que cada día son desmontados
y reparados, con los de los equipos modestos, que en muchos casos cuentan con
un solo mecánico y algo de espacio en algún camión, eso
sí, a precio de oro, y donde los pilotos deben echar una mano si quieren
salir al día siguiente. Es en estos campamentos donde conversas con los
pilotos, donde te cuentan las dificultades del día, sus esperanzas y cuando
se desahogan por las penalidades sufridas durante la jornada. Esa noche compartimos
mesa con nuestros amigos Carlos Rentero y José Manuel Vasco que participan
a bordo de un Mitsubishi.
Por la mañana Aitor y Antonio se quedan en Ouarzazate para reparar el
Mitsubishi que tiene problemas de embrague y que nos alcanzaran en Tan-Tan.
Las etapas que se disputan por Marruecos son más duras de lo que aparentan
ya que discurren por pistas en general muy pedregosas y las suspensiones sufren
mucho, como pudimos observar en la llegada de la etapa de Tan Tan, donde algún
participante quedó averiado a escasos dos kilómetros de meta y
donde muchos se veían obligados a circular a baja velocidad con problemas
en la suspensión. Tras pasar la jornada a pie de pista nos dirigimos al
campamento para cenar y conversar con los pilotos, ya que durante los dos próximos
días perdemos el contacto con la carrera. Nosotros nos dirigiremos hasta
Mauritania por la costa para contactar con ellos en la llegada a Nouakchott.
Sin mayores contratiempos llegamos a Nouakchott y cuando nos disponemos a buscar
un sitio donde acampar en el final del tramo, recibimos la noticia de que nuestros
amigos están averiados en un cordón de dunas a 80 kilómetros
al sur de Zouerat. El grupo se divide y mientras unos siguen con la idea prevista,
tres coches partimos en dirección a Zouerat. Llegamos al campamento de
Atar sobre la una de la mañana y el panorama es desolador, deben faltar
más de la mitad de los equipos, incluidas asistencias. La jornada como
había anunciado la organización estaba siendo realmente dura. Durante
el trayecto no hemos podido contactar ni con Julio, el mecánico, ni con
el camión de asistencia que lleva la transmisión que necesitamos,
les buscamos por el campamento pero todavía no han llegado, así que
eso, unido a las noticias que nos llegaban sobre vehículos atascados en
la pista que debíamos seguir, nos hace desistir de nuestra idea de continuar
durante la noche. Sobre las tres de la mañana llega el camión y
visto el panorama decidimos partir con el alba. Tomamos la pista en dirección
norte y pasado Choum nos encontramos con las asistencias de Manuel Plaza que
también se encuentra averiado en las dunas. Intercambiamos opiniones y
seguimos nuestro camino, a lo largo de este encontramos camiones en carrera que
han seguido la pista destinada a las asistencias y camiones de X-Raid que retornan
en busca de alguno de sus coches. Aparecen los primeros bancos de arena y el
Ford de Luis Ignacio y Javier, con problemas de tracción, se atasca. Continuar
sin tracción delantera nos es aconsejable por lo que dan media vuelta
y regresan a Atar. El día avanza y empezamos a pensar que quizá no
lleguemos hasta donde se encuentran Carlos y José Manuel, así que
tras otear el horizonte decidimos arriesgarnos y tomamos dirección Oeste
para acortar, sin llegar a Zouerat y la pista del Dakar. Sin pista alguna, solo
alguna rodera antigua circulamos entre hierba de camello, que si bien no nos
permite alcanzar grandes velocidades al menos nos asegura un terreno consistente.
Poco a poco nos acercamos al destino y avistamos el cordón de dunas donde
se encuentran averiados, cae la tarde y nos tomamos nuestro tiempo buscando un
paso favorable entre las dunas, ¡¡ no vamos a quedarnos atascados
a escasos dos kilómetros de nuestros amigos!!. Por fin entre la oscuridad
avistamos las linternas y llegamos a nuestro objetivo. Ellos se encuentran bien,
eso si, hambrientos, sedientos y agotados, llevan casi 36 horas intentado sacar
el coche sin tracción trasera de una poza. Puñetera avería.
Julio sustituye la transmisión en unos minutos y el coche está en
perfecto estado para continuar, pero el reglamento no lo permite. El trabajo
de todo un año se ha quedado en las dunas de Mauritania. Agustín
y Fernando sustituyen la rueda que reventó al golpear la piedra que provocó la
avería por otra de repuesto de su DID, y ya sin prisa montamos el campamento,
una comida caliente y un poco de charla antes de dormir reconforta algo a los
pilotos. Mañana será otro día.
Al despuntar el alba iniciamos el retorno. Agotado cedo el volante a Carlos
que junto a Virginia nos llevarán hasta Nouakchott, donde nos reuniremos con
nuestros compañeros de viaje que han pasado la jornada de descanso del
rallye en el campamento de la carrera.
Tras el merecido descanso nos dirigimos hacia el interior de Mauritania y en
las cercanías de Letfatar buscamos un paso entre las dunas para ver la
carrera. Esta es una de las jornadas más duras del rallye, 600 kilómetros
de arena y dunas. A media tarde comienzan a pasar los primeros clasificados que
vuelan sobre las dunas mientras el grueso de la carrera se hace esperar. Anochece
cuando empiezan a pasar, primero los moteros que desfallecidos nos piden gasolina
y agua. Tiene que ser muy duro aguantar el equilibrio sobre las dunas, de noche,
tras más de diez horas de carrera. Esta dureza queda reflejada en las
palabras de un piloto norteamericano que exhausto decía “Yo venia
al desierto, pero esto es el infierno”.Después los coches con
cuenta gotas y los primeros camiones. Durante toda la noche estuvieron pasando
los competidores,
algunos remolcados por camiones.
Tras pasar la noche casi en vela animando a los participantes, nos dirigimos
hacia Kiffa para ver la salida de la especial y tomar camino hacia Senegal,
Pero uno de los coches tiene problemas de embrague y decidimos retornar a Kiffa
y
analizar la situación. Tras ver las diferentes opciones se llega a la
conclusión de que lo mejor es enviar el coche averiado a Nouakchott, donde
a buen seguro dispondrán de medios para realizar una reparación
con ciertas garantías, así que se localiza un camión y por
la noche parten Quique y Alfredo junto a su vehículo hacia la capital.
Más adelante se reunirán con nosotros.
A la mañana siguiente el resto del grupo parte hacia el sur siguiendo
el cauce del río Karakoro, y aunque persiste la presencia de arena el
paisaje es ahora muy diferente, abundan las acacias, palmeras y zonas de pastos.
Las pequeñas aldeas que encontramos a nuestro paso son ahora de barro
y paja y sus pobladores de tez más oscura visten con colores vivos y elegantes
que nos recuerdan más al África negra que al desierto del que
venimos. A todos nos sorprende la extraordinaria amabilidad de la gente, que
se acerca
curiosa para observarnos. Incluso en un momento en que la pista desaparece
toda la aldea se ofrece a indicarnos, yendo delante de los coches hasta que
de nuevo
aparece.
A última hora de la tarde llegamos a Selibabi y nos dan la mala noticia:
Ya no es posible cruzar el río Senegal en barcaza, al menos para los coches.
Ante la nueva situación buscamos alojamiento y nos planteamos las diferentes
opciones, retroceder unos kilómetros y entrar en Malí o continuar
por la orilla del río hasta Rosso. Optamos por dirigirnos hacia Rosso
buscando otro paso, que no encontramos, así que realizamos nuestra especial
jornada maratón, más de seiscientos kilómetros de pistas
entre Selibabi y Sant Louis. A primera hora de la noche llegamos a Rosso y como
era de esperar la frontera estaba ya cerrada, eso y quienes ya hemos sufrido
el paso por el puesto fronterizo senegalés de Richard Toll nos lleva hasta
Diama, paso mucho más tranquilo que el anterior, con lo que a las doce
de la noche dormimos en Sant Louis. Dentro de lo que cabe hemos tenido suerte.
De nuevo nos espera una larga jornada, esta vez por asfalto hasta Tambacounda,
a donde llegamos ya de noche. En el campamento nos reencontramos con los amigos
que continúan en la vasta caravana del Dakar, pilotos, periodistas y mecánicos
que se sorprenden al vernos pensando que habíamos regresado. Pero nuestro
objetivo es Dakar y pensamos alcanzarlo. El siguiente día será la última
jornada de carrera de verdad, así que nos agenciamos los primeros kilómetros
del road book y acampamos a pie de pista junto a una aldea. Es la una de la mañana
pero en la aldea continúan despiertos y se acercan observando como montamos
el campamento. La noche es esplendida, la temperatura inmejorable y la luna hace
innecesario el uso de las linternas, así que se alarga la tertulia, animada
por los aldeanos que a altas horas de la madrugada se desplazan de una aldea
a otra en carros y que se detienen junto a nosotros estrechándonos la
mano uno a uno antes de continuar su camino.
El paso de las primeras motos nos despierta y rápidamente nos ponemos
en pie, rodeados de un montón de lugareños a quienes parece divertir
nuestro despertar. Toda la aldea se ha dado cita junto a la pista para ver pasar
el rallye y con nosotros jalean a los participantes que saludan haciendo sonar
sus bocinas ante el jolgorio organizado, con Paco como maestro de ceremonias,
que indica a los allí congregados que participante es el que pasa, mientras,
Luis ameniza la jornada haciendo juegos malabares para los niños.
Ha sido una jornada de lo más divertida y tras hacernos una foto todos
juntos partimos hacia la playa de Dakar.
Por la mañana nos apostamos a la orilla del mar para ver pasar a todos
los equipos que han logrado llegar hasta aquí, el objetivo de muchos de
ellos que sin grandes medios saben que no pueden optar a la victoria, pero el
Dakar es mucho más que una carrera de coches, es un reto personal donde
uno busca superarse a sí mismo y las dificultades que el desierto y la
organización ponen a su paso.
Nos vamos hacia el podio situado a orillas del Lago Rosa, nosotros hemos cumplido
también nuestro objetivo, no sin dificultad y esfuerzo. Un esfuerzo
que ha valido la pena sobre todo por algunas jornadas memorables vividas a
pie de
pista.
Ahora queda un año para volver
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